La crisis ecológica contemporánea y el progresivo deterioro de la tierra cultivable responden a un entramado histórico de dominación donde convergen el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Diversas corrientes de pensamiento crítico argumentan que el avance de la agricultura a gran escala reproduce una lógica extractiva impuesta sobre los ecosistemas, los pueblos originarios y las mujeres, desafiando los límites biológicos que la economía ecológica busca advertir frente al calentamiento global y la contaminación.

Esta lectura integra aportes ancestrales con los inicios de la agroecología europea del siglo XX. En 1943, la aristócrata británica Eve Balfour visibilizó estas problemáticas en su obra El Suelo Vivo (The Living Soil), donde postuló que la vitalidad de la tierra condiciona directamente la salud humana y animal. En dicho trabajo, la investigadora remarcó: “La evidencia acumulada sobre la interrelación entre la vitalidad del suelo y la salud de las plantas, los animales y el ser humano es de tal importancia y de tan profundas implicancias que ya es hora de que el público en general tenga la oportunidad de estudiar y formarse su propio juicio al respecto”.

Desde América Latina, la antropóloga maya-kaqchikel Aura Cumes analiza cómo el colonialismo europeo articuló el sometimiento territorial a través de la subordinación de los cuerpos indígenas y femeninos. De acuerdo con Cumes, la separación entre la humanidad y el entorno natural justificó su sometimiento: “A partir de ello —explica Cumes— se atribuye la potestad de descubrirla, penetrarla, torturarla y convertirla en mercancía.” Este mecanismo facilitó en la época colonial la sustitución de ecosistemas nativos por monocultivos como caña, tabaco, arroz y algodón con destino a los mercados europeos, un modelo de reemplazo biológico análogo a la actual producción industrial.

Frente a la reducción de la naturaleza a una categoría de insumo subordinado, diversas pensadoras indígenas reivindican una relación de continuidad indivisible con el entorno. La activista mapuche Moira Millán utiliza el término “Terricidio” para denunciar una agresión que compromete la existencia integrada entre humanos y territorio, mientras que la lingüista mixe Yásnaya Aguilar defiende que las lenguas originarias preservan concepciones no fragmentadas de la vida. Esta alerta sobre la fragilidad del sustrato terrenal coincide con la advertencia de Balfour: “Pues del suelo somos creados, y gracias a sus productos se mantiene nuestra existencia terrenal. Si destruimos nuestro suelo —y no es indestructible—, la humanidad desaparecerá de la faz de la tierra con la misma seguridad con la que desaparecieron los dinosaurios”.

El despliegue histórico de este enfoque de conquista ambiental cuenta con antecedentes directos en Argentina. Hacia la década de 1850, los registros de la colonización en Santa Fe documentaban lagunas, praderas y montes como meros recursos para habilitar la producción triguera global. Al mismo tiempo, las expediciones militares de Julio Argentino Roca en la denominada “Conquista del Desierto” avanzaron en sincronía con el trabajo del botánico Pablo Lorentz, quien nombró especies vegetales con los apellidos de los generales encargados de la ocupación territorial.

Con el surgimiento de los insumos químicos sintéticos y la posterior “revolución verde”, la tecnología profundizó la imposición de monocultivos por sobre los saberes agrarios tradicionales. Balfour recogió en sus textos las observaciones del médico George Scott Williamson sobre la pretendida dominación del entorno: “Todo lo artificial es inventado y hecho por el hombre. Todas las entidades naturales nacen y son cultivadas por la Naturaleza”, dice.

En la misma línea, la autora británica advirtió sobre las consecuencias destructivas de este paradigma de control: “La base de todo el tema es ecológica, centrada en la relación mutua entre el organismo y su entorno… Nos gusta ensalzar los logros del hombre y hablar con orgullo de su ‘conquista de la naturaleza’. Esto es, en la actualidad, del mismo orden que la conquista nazi de Europa. Así como Europa se rebela contra el tirano, la naturaleza se rebela contra la explotación del hombre. Cuando el hombre es predador del hombre es una forma de canibalismo. Cuando el hombre se propone ‘conquistar la naturaleza’ mediante la explotación, no es menos canibalismo, pues el hombre es parte de ella. Para sobrevivir, debe aprender a cooperar con las fuerzas que la gobiernan, así como con sus semejantes. Si se niega a aprender esta lección, la naturaleza contraatacará y lo exterminará con la misma firmeza con la que ya lo están haciendo las masas oprimidas de la torturada Europa, y pronto exterminará la tiranía que las ha gobernado desde 1940”.

El cuestionamiento hacia los fertilizantes sintéticos y la uniformidad productiva subraya que la fertilidad radica en los organismos que componen la materia orgánica. Respecto a este proceso de degradación, Balfour señaló que: “la muerte del suelo’ no es una figura retórica. El suelo es una sustancia rebosante de vida. Si esta vida muere, el suelo muere literalmente. Son los organismos vivos del suelo y los productos resultantes de sus actividades los que diferencian el suelo del subsuelo.” Este modelo de dominio sobre los ciclos naturales encuentra hoy su continuidad en los organismos genéticamente modificados, orientados a privatizar y patentar las estructuras fundamentales de la vida.

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