La degradación ambiental y el agotamiento de la tierra no responden a limitaciones meramente técnicas, sino a una estructura histórica de dominación capitalista y colonial. Diversas corrientes de la economía ecológica y del pensamiento crítico advierten que la sobreexplotación de los recursos ha puesto en riesgo procesos biológicos que llevan más de 460 millones de años de evolución, comprometiendo los límites que garantizan la existencia en el planeta.

En este marco, especialistas recuperan los aportes de la aristócrata británica Eve Balfour, autora del libro “El Suelo Vivo” (1943), para analizar la crisis agrícola contemporánea en América Latina. La investigadora inglesa sostuvo hace ocho décadas que la fertilidad de la tierra está directamente vinculada con el bienestar humano: “La evidencia acumulada sobre la interrelación entre la vitalidad del suelo y la salud de las plantas, los animales y el ser humano es de tal importancia y de tan profundas implicancias que ya es hora de que el público en general tenga la oportunidad de estudiar y formarse su propio juicio al respecto”.

Esta perspectiva dialoga con las reflexiones de intelectuales y lideresas indígenas contemporáneas, como la antropóloga maya-kaqchikel Aura Cumes. Cumes expone que el modelo colonial implementado en el continente subordinó a las comunidades originarias y a las mujeres a través de la mercantilización de sus territorios, disociando a la sociedad de su entorno natural. “A partir de ello —explica Cumes— se atribuye la potestad de descubrirla, penetrarla, torturarla y convertirla en mercancía.”

De manera coincidente, la activista y weychafe mapuche Moira Millán utiliza el concepto de “Terricidio” para denunciar la destrucción de la naturaleza sin dividir al ser humano de su ecosistema. En la misma línea, Balfour advertía sobre la fragilidad del sustrato terrestre al señalar: “Pues del suelo somos creados, y gracias a sus productos se mantiene nuestra existencia terrenal. Si destruimos nuestro suelo —y no es indestructible—, la humanidad desaparecerá de la faz de la tierra con la misma seguridad con la que desaparecieron los dinosaurios”.

La filósofa mixe Yásnaya Aguilar destaca que estas epistemologías ancestrales rechazan el paradigma occidental que cataloga a la biósfera como un simple recurso explotable. Registros históricos de mediados del siglo XIX en Santa Fe, Argentina, documentan cómo los bosques, cursos de agua y pastizales fueron categorizados como insumos para abrir paso a la producción de trigo, mientras las campañas militares comandadas por Julio Argentino Roca avanzaban junto a científicos como Pablo Lorentz, quien bautizaba las especies botánicas con nombres de generales.

Frente al avance de los agroquímicos a comienzos del siglo XX, Balfour citó los planteos del médico George Scott Williamson para alertar sobre la premisa de dominación tecnológica. “Todo lo artificial es inventado y hecho por el hombre. Todas las entidades naturales nacen y son cultivadas por la Naturaleza”, afirmaba el médico británico, al tiempo que advertía que la explotación desmedida contra el entorno provocaría una respuesta destructiva de la propia naturaleza frente al intento humano de someterla.

Posteriormente, la denominada “revolución verde” consolidó el monocultivo y la sustitución de saberes campesinos mediante la transferencia de tecnologías desarrolladas en laboratorios del Norte global. Respecto al impacto de los fertilizantes sintéticos sobre la actividad biológica del terreno, Balfour sostenía que “la muerte del suelo’ no es una figura retórica. El suelo es una sustancia rebosante de vida. Si esta vida muere, el suelo muere literalmente. Son los organismos vivos del suelo y los productos resultantes de sus actividades los que diferencian el suelo del subsuelo.”

La expansión moderna de los organismos genéticamente modificados se presenta como la fase más reciente de este esquema extractivo. Lejos de resolver los problemas de seguridad alimentaria global, las variedades transgénicas constituyen un mecanismo para la privatización y el patentamiento formal de los propios procesos biológicos.

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